Viajar cuando no necesariamente se quiere

Torres del Paine, Patagonia, Chile

La historia de Daniel, el venezolano que salió de su país en busca de esperanza y un mejor futuro.

¿Quién no quisiera trabajar todos los días con una vista tan esplendorosa como la de un glaciar? Esas grandes masas de hielo que abundan en Chile, particularmente el Balmaceda y el Serrano, son el lugar de trabajo de Daniel Camarchioli, un venezolano de 23 años que conocí al mismo tiempo que vi, por primera vez, la grandeza de un glaciar.

A juzgar por el conocimiento que transmite como guía y por el acento adoptado, pareciera que nació y creció en Chile.

Me llamó la atención su buen servicio, su sonrisa interminable, su manera auténtica de atender a los turistas. Daba la impresión que no tenía problemas, que no extrañaba a nadie.

Daniel tiene 23 años y 3 de haber salido de Venezuela. Actualmente es guía de turismo en glaciares del sur de Chile.
Daniel tiene 23 años y 3 de haber salido de Venezuela. Actualmente es guía de turismo en glaciares del sur de Chile.

¿Su familia está bien en Venezuela?, me aventuré a preguntarle, impulsada por el sentimiento que me provoca conocer la realidad del país a través de las noticias. «Está bien por mí, porque trabajo y envío dinero».

Daniel salió a sus 20 años de Mérida, una ciudad cercana a la Cordillera de Los Andes, buscando un mejor futuro. Llevaba $100 en el bolsillo, fue lo único que pudo recoger, haciendo arepas y trabajando en restaurantes.

Daniel en Glaciar Serrano, Chile
Daniel Camarchioli es parte del staff de una empresa de turismo de La Patagonia, con sede en Puerto Natales. Va todos los días a los glaciares Balmaceda y Serrano.

Trabajaba en cada país al que llegaba. Pasó por Ecuador, Perú y Bolivia, pero el destino lo llevó a la Región de Magallanes, en Chile.

«Me encanta viajar», dice, «pero no es lo mismo viajar y saber que no vas a regresar a tu casa». Sin decirlo expresamente, se refiere a la crisis política y económica que vive su Venezuela, de la que está pendiente en todo momento.

Salir de su país no fue fácil, y con sólo 23 años ya conoce el verdadero significado de la impotencia. La muerte de su abuelo lo sorprendió el año pasado en Cuzco, Perú, en un punto y en un momento donde le era imposible regresar a casa. Es de las cosas más tristes que le ha pasado, me cuenta.

Sentirse lejos de casa y de sus seres queridos, en las circunstancias actuales de Venezuela, tampoco es fácil. Por el momento, se aferra al trabajo. No tiene días libres porque así lo eligió, al menos por esta temporada que los turistas siguen llegando a La Patagonia chilena, por las favorables condiciones climáticas.

Su semblante cambia cuando me cuenta que está próximo a recibir a su mamá, quien dejará Venezuela para unirse a las miles y miles de personas que buscan paz y un mejor futuro en otros países.

Aunque ella viaja en este mes de mayo a Chile, él la verá hasta setiembre, pues evitará llevarla a La Patagonia durante el invierno, una época en la que las temperaturas bajan hasta a -17°C.

Me cuenta Daniel que, desde que salió de su casa, hablaba con su madre todas las semanas, pero en los últimos meses, por los constantes apagones en Venezuela, sólo puede hablarle unos minutos una vez a la semana, de manera interrumpida. Muy poco tiempo para alguien que no ve a su mamá desde hace 37 meses.

Veo la mirada alegre y entusiasta de Daniel, y sólo pienso que quisiera ser testigo de ese encuentro familiar. Por ahora, él sabe que se quedará un período más en Chile, pero no descarta, en adelante, movilizarse con ella a otro país. Lo que sí descarta es volver a Venezuela, al menos durante los próximos años.

El recorrido diario de los glaciares le toma 8 horas diarias. A su regreso a Puerto Natales, Daniel trabaja en el Hostal de la familia con la que vive lejos de su hogar.

Me faltó tiempo para hablar con el chamo (expresión venezolana que refiere a quienes se acercan a la edad madura), pues esta conversación la tuvimos en tractos, mientras él cumplía sus deberes. Conocer su historia me dejó un sabor de boca a esperanza, porque Daniel es uno de los muchísimos migrantes del mundo que salen de sus países, la mayoría de veces sin querer, buscando un futuro mejor. A su corta edad, él no pierde su sonrisa auténtica y mucho menos su agradecimiento con la vida.

En mi reciente visita a Chile, tuve mucho contacto con venezolanos radicados en distintas ciudades. En tiendas, restaurantes, en la calle. “Los tenemos invadidos”, me dijo una amable mujer que conocí en un viñedo, mientras una dependiente de una joyería que recién llegó a Santiago, después de estar en Perú, me expresó que espera sentirse bien en ese país. Me dijo que “no es fácil vivir sola, lejos de casa y sin familia cerca”, después de hacer un viaje sin regreso, motivado por las condiciones políticas, económicas y sociales de Venezuela.

Daniel Planea reunirse con su mamá en setiembre próximo, en Chile. Trabaja los 7 días de la semana para ahorrar dinero y vivir bien.

Para mí, esto también es parte de viajar y de lo que llamo conocer el lado humano de cada ciudad: tener contacto con la gente, apreciar lo que se tiene, ser más tolerante y buscar convertirse en mejor persona.

Sigo creyendo que lo mejor que podemos hacer quienes vivimos en países pacíficos, es recibir a estas personas, de cualquier nacionalidad, como nos gustaría ser recibidos. Suena trillado, sí… Pero hay algo de lo que, lamentablemente, los seres humanos nunca estaremos completamente exentos de la posibilidad de que nos suceda, y es que la historia de Venezuela u otros países similares se repita en nuestro propio territorio. Ojalá todo el planeta estuviera exento.

Categorías: Entrevistas

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